Querríamos pensar en la Europa descripta por Stefan Zweig en El mundo de ayer, un lugar en el cual se podía vivir como cosmopolita, porque “el mundo entero se nos abría enteramente delante.

Viajábamos adonde queríamos sin permisos, sin que nadie nos preguntase nuestras ideas, nuestro origen, raza o religión”. Y cuando, después de la guerra, para salir del país le pidieron por primera vez pasaporte, fue para él una experiencia extraña y desagradable. En aquel tiempo uno no era ni filo-europeista ni euroescéptico. Se era europeo y bastaba, y fue la primera guerra mundial la que disolvió la Europa en la que Zweig, pero también Freud, habían vivido, y en la cual nació el psicoanálisis.

Hubo un momento en el cual Ia mayoría en Italia era absolutamente filo-europeísta. Poder entrar en la moneda única, en la época de Prodi, se presentaba como un punto de orgullo e incluso la identidad europea luchaba contra la italiana, que se sentía desvalorizada y expropiada por aquella que luego se llamó la “casta”. Hoy el humor antieuropeo resulta dominante, y cada proclama soberanista, gritada en voz más alta alimenta un orgullo nacional cuyas heridas no se ven nunca suficientemente mitigadas.

En Francia, en mayo de 2005, un referéndum rechaza la Constitución europea, con el inmediato veto holandés. En 2017 el espíritu anti-europeo del hexágono se da vuelta con el espectacular paseo de Macron en el patio del Louvre acompañado de las notas del Himno a la alegría  con el anuncio de la esperanza de un renacimiento de Europa.

Alemania siempre ha sido europeísta a su modo, de tal manera de no comprometer sus propios intereses y el propio rol económicamente hegemónico. Grecia está en primera línea entre los euroescépticos, aunque es cierto que ha debido aceptar un rescate, todo menos gratuito.

La comunidad europea nace, en el fondo, del fracaso de los nacionalismos. Pero los nacionalismos renacen hoy bajo el nuevo emblema del soberanismo.

Los sentimientos de los europeos son ahora opuestos, y el sentimiento de pertenencia se define sólo por la moneda. Hacen faltan para establecer lazos las llamadas dignified parts de las instituciones, los componentes solemnes, las que movilizan los sentimientos y las pasiones, y que sostienen la identificación.

No podemos sin embargo decir que hayan faltado pasiones en Europa, desde la época de la guerra de los treinta años a la caída de Hitler, pero han sido sobre todo pasiones destructivas, con la breve excepción de la Belle Epoque, de la cual nos habla Zweig. Una Unión fundada solo en la moneda sirve para ejercer la función de esterilizarlas, de aplacarlas, de olvidarlas en un pasado elaborado solo en parte.

Sin el adhesivo de los ideales, que dirige los sentimientos ambivalentes sacando provecho del amor y economizando el odio como energía transformadora, las pasiones se desbordan, se desencadenan descontroladas, crean corrientes opuestas, fricciones, choques, encuentros buscados y al mismo tiempo rechazados. El psicoanálisis nos ha hecho conocer el fenómeno que Freud llamaba ambivalencia, que Lacan ha llamado hainamoration, amor y odio fundidos de modo inextricable en la misma corriente de lava de los sentimientos.

Conocemos las pasiones destructivas que la lógica del obsesivo dirige al propio objeto de amor, enjaulándolas en un laberinto de pensamientos en los cuales el sujeto mismo queda prisionero o desaparece. Sabemos cómo la histérica tiende trampas al objeto amado quitándole la alfombra bajo los pies. En los síntomas contemporáneos faltan estos binarios simbólicos, faltan los laberintos y las trampas. El odio y el amor se manifiestan sin freno, y hacen crecer miedos desproporcionados al lado de esperanzas inauditas cargadas inevitablemente de desilusión. La Europa de la seguridad, populista, atravesada por muros reales o ideales que vemos hoy, es hija de estos temores y de estas desilusiones, que se transforman de modo inevitable en rabia. Sabemos lo que dice Lacan de la cólera: es el correlato del sentimiento de impotencia, cuando los pequeños clavos no entran en los pequeños agujeros, cuando los tacos o tarugos no entran en el lugar correcto. La Europa de hoy es un puzzle de remiendos que no combinan entre sí. Podemos amarla u odiarla, pero no podemos dejar de construirla, y dar con ella vida a un espacio donde, con la ayuda del psicoanálisis, el deseo no se transforme en una pasión apagada.

Marco Focchi

Traduzione di Miriam Chorne